Se necesitan... Santos Sacerdotes





PRESENTACIÓN


Este Ideario que tienes en tus manos creo puede ser considerado como una manifestación del cariño de quien lo escribe (Mons. Arturo A. Szymanski Ramírez), hacia los llamados por el Señor a ser guías de su Pueblo Santo en nuestra Nación. Tómenlo ellos como un apoyo dado por un pastor experimentado que, a sus sesenta años de ordenación presbiteral (22 de marzo de 2007), en pocas líneas plasma el sentir de su corazón para quienes como él han sido escogidos por el Señor para su servicio ministerial.

INTRODUCCIÓN

La formación sacerdotal que se ofrece en los seminarios va encaminada a preparar a los jóvenes que, descubriendo el llamado de Dios, desean responder a Él para llegar a ser un día “pastores” de su pueblo. La Sagrada Escritura afirma que el sacerdote es “un hombre tomado de entre los hombres y constituido a favor de los hombres” (Hbr 1,5). Por lo cual quien es “tomado de entre los hombres” para este fin, necesita prepararse en todas las dimensiones, de modo que alcance una formación “integral” (es decir “completa” ) y así pueda llegar en el futuro, a ser capaz de estar al frente de una comunidad como pastor.

Querido joven, al ofrecerte estas breves líneas que quieren ser un “Ideario de santidad para el seminarista”, espero y deseo te ayuden como un sencillo medio en tu camino, para lograr lo que tú quieres: ser un “buen pastor”.

+ José Luís Amezcua Melgoza

Obispo de Colima
Responsable de la Dimensión “Seminarios” en la
Comisión Episcopal para Vocaciones y Ministerios.

+ José Trinidad González Rodríguez

Obispo Auxiliar de Guadalajara
Presidente de la Comisión Diocesana de Causas de Canonización, en Guadalajara


¿QUIÉN SOY Y QUÉ QUIERO?

Soy consciente de ser una criatura limitada que desea entregarse a Dios para amarlo sobre todas las cosas siendo su ministro.

Debo tener claro que el que ingresa al Seminario entra a una vida muy especial que no es como la que llevaba antes.

Como la vida del seminarista va a cambiar éste debe lograr, en primer lugar, conocer si es capaz de ir adquiriendo todas las cualidades requeridas para “ser Sacerdote”.

Tú, has de tener claro si Dios te llama al ministerio presbiteral o únicamente a ser un buen cristiano. No hay un “tertium quid” (otra tercera opción). Eso quizá llevará tiempo y necesitará consejo y oración profunda.

Desde tu ingreso al Seminario deberás tratar de llevar una vida ordenada. Por eso el Reglamento del Seminario deberá asumirse no como una obligación que “hay que cumplir para que no me corran” sino como el comienzo de una vida ascética, que podrá llevarte en el futuro a ser un hombre ordenado y cumplidor de sus obligaciones seas presbítero o no. Así desde el comienzo deberás estar persuadido de que lo que se manda o prescribe es para lograr un objetivo superior que, a veces, al principio no se alcanza a valorar.

El que tiene claro que Dios le llama a ser “sacerdote ministerial”, debe saber que principia para él una vida de formación permanente que no terminará hasta su muerte.

Es muy importante saber claramente en qué consisten las virtudes sacerdotales, sobre todo la “sobriedad de vida” y el “santo celibato”, que siendo un don de Dios debes pedirlo con humildad. Para esto te deberás preparar desde que pones tus pies en la puerta del Seminario.

¿YO COMO SEMINARISTA EN QUÉ ME DEBO PREPARAR?

Tu tarea desde hoy es prepararte en cuatro dimensiones que son indispensables para lograr la integridad de la formación: la dimensión humana y la espiritual, la académica y la pastoral.

Este debe ser el orden lógico de tus prioridades y, si no lo guardas, difícilmente lograrás el objetivo: “Ser un santo sacerdote”. Por eso en la vida del seminarista se ha de realizar la respuesta a estas cuatro dimensiones de las que te diré unas palabras.

PRIMERA: La dimensión humana

¿ESTOY DISPUESTO A TRABAJAR PARA SER UN HOMBRE ÍNTEGRO?

El seminarista deberá tener como meta humana de su preparación el lograr una personalidad bien definida, que comienza desde el conocimiento de su identidad varonil. Este es un requisito indispensable para aspirar al sacerdocio y para saber situarte en medio de un mundo que hoy aparece fácil y escurridizo.

Para lograr lo anterior se presentan los siguientes retos: comprender lo que es la libertad y la responsabilidad, valorar la madurez humano-afectiva, cuidar la salud física y mental, fomentar el espíritu de servicio y el trabajo en equipo.

Todo esto es fundamental para el trabajo en las otras dimensiones de tu formación. Sobre todo es importante estar dispuesto a dejarte conducir por el Espíritu Santo que se vale de sus mediaciones de servicio en el Seminario.

SEGUNDA: la dimensión espiritual

¿ESTOY DISPUESTO A LOGRAR SER UN HOMBRE DE DIOS?

Esta pregunta es fundamental en un candidato al Presbiterado y la respuesta a ella puede ser “si”, “no”, o “ni se me había ocurrido”.

Si la respuesta es “no”, no sigas en este camino. Si es “si”, debes aprender a ser en verdad un “hombre de Dios” e ir progresando en ello más que en las materias que estudiarás. Si “no se te había ocurrido”, examínate seriamente y llegarás a un “si” o a un “no”. Si llegas a un “no”, no sigas, pues este no es tu camino. Si llegas a un “si”, desde el principio deberás esforzarte todos los días por irte formando como un hombre de Dios, es decir SANTO.

Para eso hay mucha literatura y una persona dispuesta expresamente para orientarte: “El Director Espiritual”.

Desde el principio deberás hacer el propósito de tener tu Director Espiritual que seguramente te irá ayudando a formarte como hombre coherente. Deberás tenerle gran confianza y abrirle tu corazón, manifestándole con gran sinceridad tus buenos deseos y los obstáculos que se te presenten. Si no eres sincero con tu Director Espiritual seguramente estarás poniendo una traba a tu formación como “hombre de Dios”.

De acuerdo con tu Director Espiritual deberás ir teniendo unos “rituales de vida” (normas que te establezcas libre y seriamente), que te ayudarán a sostenerte sereno y tranquilo tanto en los momentos alegres como en los de oscuridad. Los rituales serán de: tu vida física, tu vida psíquica, tu vida moral y sobre todo, tu vida espiritual. Tenlos y se fiel a ellos.

Deberás ir aprendiendo a rezar en equipo ¿tienes alguna experiencia seria de esto? ¿Con que resultados? ¿Has sido constante? ¿Eso te ha ayudado a ser piadoso en serio?

Si no sabes rezar en equipo, quizá se te dificultará trabajar en equipo, y si así llegas al sacerdocio fácilmente serás un hombre solo y triste.

Ten claro que si no eres un hombre piadoso, es decir, si no estás enamorado del Señor Jesús, pero en verdad enamorado, no podrás ser una persona santa, y por lo tanto no serás un buen sacerdote. Ten siempre como norma de tu vida NO FALLARLE NUNCA AL SEÑOR JESÚS a quien debes amar de todo corazón.

Para medirte cómo quieres a Jesús, puedes pensar en aquel verso de Pemán:


“Porque querer es esto:
querer es decidirse,
es tomar una de las cosas bellas,
es llenarse de la luna
y renunciar a todas las estrellas”

Ten claro que lo principal en el Seminario es formarte para ser un hombre que siempre tenga como meta SER SANTO. Esa debe ser tu primera y principal tarea como seminarista.

TERCERA: La dimensión académica.

¿QUIERO ENTREGARME AL ESTUDIO PARA REALIZARME EN EL MINISTERIO SACERDOTAL?

Aunque la respuesta parece fácil, sería bueno desde el principio saber qué clase de sacerdote deseas ser y qué es lo que quiere la Iglesia para quien descubre que Dios lo llama.

Para esto has de tener clara la enseñanza de la parábola de los talentos (Cfr. Mt. 25, 14 – 30 Lc. 19, 11 – 27). A todos el Señor ha dado una serie de aptitudes y capacidades. Hay que saber fomentarlas y aprovecharlas desde que se ingresa al Seminario.

No dejes pasar ni un día sin aprender algo nuevo. Recuerda que “memoria minuitur nisi excolatur” (la memoria se disminuye si no se cultiva). Si te cultivas tu vida será la de un hombre feliz, y tú serás alguien que está al día en las ciencias sacerdotales, contento con lo que eres y lo que haces.

Deberás hacer tu plan de estudios, en ello podrá auxiliarte el Asesor de Estudios, proponiéndote objetivos y metas claras, que pueden ser evaluadas por ti con él.

Sobre todo trata de hacer vida lo que vas aprendiendo y aprende a compartir con tus compañeros. Así te prepararás para compartir con las personas a las que tendrás que entregarte en el futuro ministerio.

Aprovecha los tiempos de estudio, hazlo por convicción, no pierdas tu tiempo y no lo hagas perder a los demás. Debes aprender un método de estudio y seguirlo fielmente para tener resultados.

Si no te haces el hábito de ser estudioso serás en el futuro un sacerdote ignorante. Sé consciente desde ahora de que debes utilizar bien el tiempo.

Aprende a investigar y ama el hacerlo, no te contentes con solo saber lo que se te explica en las clases, aprovecha el uso de la Biblioteca y sírvete correctamente de los medios electrónicos. Así pondrás la base para ser un sacerdote instruido y no uno que se quedó atrás y no está al día en los conocimientos que se requieren.

CUARTA: La dimensión pastoral.

¿QUÉ ACCIONES DEBO REALIZAR?

Al llegar al Seminario uno desea hacer algún apostolado y se “tira al ruedo” casi sin ninguna preparación. En esto sé paciente.

Después de tener claros tus objetivos de la formación humana, de la vida espiritual y de la dimensión académica, hay que tratar de vivir y aprender a comunicar lo que vas logrando hacer tuyo y que ya lo has asimilado.

Lo primero que tienes que hacer siempre es tratar de dar buen ejemplo, para lo cual debes saber aún cómo presentarte: ser una persona decente, aseada, cortés en tus expresiones y tu trato.

Durante tu vida de Seminario te irás dando cuenta si vas progresando en tus actitudes.

No debes olvidar el tratar a tus familiares con respeto y gratitud. No te avergonzarás de ellos aunque sean gente sencilla, pues “Una gente buena y sencilla vale más que todo el oro del mundo”.

El Seminarista debe ser alguien que desea aprender, esto te capacitará para ayudar a los demás a ser santos y como “nemo dat quod non habet” (nadie da lo que no tiene), desde el comienzo de tu vida en el Seminario deberás aprender a “ser santo” y a “no fallarle al Señor”. Éstas son dos actitudes fundamentales en el seminarista, y con esa mirada deberás hacer todos los estudios y demás actividades que te formarán como “Hombre de Dios”.

Ya que en el futuro deberás ser una persona que se sabe comportar bien, has de aprender a ser cuidadoso, puntual y cumplido en tus obligaciones, y sobre todo, has de asumir tus tareas con espíritu sobrenatural.

CONCLUSIÓN

Si en el Seminario logras portarte como una persona que vaya respondiendo las preguntas anteriores, habrás puesto la base para ser un Santo Sacerdote de lo que no te arrepentirás en el futuro, y tendrás un ministerio que te llevará a aprovechar tu vida que es única e irrepetible y de la que, tarde o temprano, deberás dar cuenta a Dios.

Nota final: Recuerda que un apoyo grande para tu vida seminarística lo tendrás siempre en tus formadores y maestros que han sido puestos por Dios, valiéndose de sus mediaciones, para ayudarte a poner las bases a fin de que llegues a ser un hombre santo. Acude a ellos con confianza, ya que tienen la obligación de ayudarte amándote en Cristo y como Cristo te ama. También tu familia y tus compañeros son agentes de tu formación y, de modo especial, el Espíritu Santo que es quien impulsa y alienta a todos en la Iglesia.

Termino: A un campesino del pueblo de Ars, en Francia, le preguntaron lo que pensaba de su párroco (el santo Cura Juan María Vianney) y respondió con sencillez: “He visto a Dios en un hombre”. Eso es lo que quieren ver los fieles en el sacerdote. ¿Estás dispuesto a eso?

¡Ánimo!

Tu amigo: Arturo A. Szymanski R.

“Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en ingeniería o en política, de él se espera que sea experto en la vida espiritual. Ante las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes actuales del pensamiento, que van cambiando; lo que los fieles esperan de él es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada”.

(Benedicto XVI, mayo 2006).

Es verdad, la misión fundamental del sacerdote consiste en llevar a los hombres a Dios. Él nos sigue mirando con amor y debemos confiar en esta mirada.
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"¡ÁBRETE!"


"¡EPHETA!", que quiere decir "¡ÁBRETE!"

En el Evangelio de este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, escuchamos cómo Jesús cura a un sordomudo. Lo había anunciado gozosamente el profeta Isaías en la primera Lectura (Is 35,4-7):

«viene Él mismo a salvaros. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo gritará de júbilo».

Y ahora se cumple en Jesucristo que atiende la petición de la gente que le rodea y se interesa por un sordomudo, que le traen a su presencia. Jesús abre los oídos del sordo para que pueda oír y escuchar, luego desata su lengua para que pueda hablar y expresarse, para que escuche y pueda responder, para que oiga la palabra de Dios y dé cumplida respuesta.

La Iglesia ha conservado este signo de Jesús en la liturgia del Bautismo. Sobre el bautizado, el sacerdote señala sus labios y sus oídos para significar el deseo de que el nuevo cristiano tenga el oído bien dispuesto para escuchar la palabra de Dios y la lengua bien dispuesta para dar testimonio de su Fe.

Pero no basta con haber sido bautizados, no basta con haber recibido la gracia de poder oir. Hay que conservar y aumentar esa gracia con la fidelidad en la escucha y en la respuesta, con un comportamiento acorde con nuestra dignidad de cristianos. Entre nosotros abundan los bautizados que se vuelven a convertir en sordos y mudos. Sordos y mudos espirituales, pecadores que ya no escuchan la voz y las advertencias de Dios; que nunca rezan ni hablan con Él para darle gracias y pedirle lo que realmente necesitan; que nunca acuden a pedirle perdón en el Sacramento de la Confesión porque «lo peor del mundo no es el pecado; es la negación del pecado por la conciencia torcida» (Mons. Fulton Sheen)…

En mayor o menos grado todos podemos encontrarnos en esta o parecida situación: ¿Cómo salir de ella? Imitando la conducta de Jesucristo en el milagro de la curación del sordomudo

1. Hagamos todo el bien que podamos. El Evangelio nos presenta la actividad de Jesucristo: «En aquel tiempo salió Jesús del territorio de Tiro, fue por Sidón y atravesó la Decápolis hacia el lago de Galilea…». Consagremos también nosotros al servicio de Dios y del prójimo todas nuestras energías. Que cada uno de nosotros pueda merecer el elogio que hicieron de Jesús: «Todo lo ha hecho bien». Precisamente en la segunda lectura nos recuerda el apóstol Santiago la importancia de atender el prójimo, de escuchar y acoger sus necesidades.

2. Levantemos frecuentemente nuestro corazón y nuestros ojos al cielo: recogerse, orar, pedir la gracia del Espíriu Santo y serle fieles, ofrecer a Dios todas nuestras acciones y pedirle que nos ayude a obrar santamente, fieles al criterio ignaciano: ad maiorem Dei gloriam, todo para la mayor gloria de Dios.

Pidamos al Señor que repita hoy entre nosotros el milagro del Evangelio.

Que nos cure cuando somos sordos y mudos espirituales. Que abra nuestros oídos para ser fieles a su gracia, obtener el perdón de nuestros pecados y poder alabare por toda la eternidad en el cielo.

Ángel David Martín Rubio

FIESTA

LA CANCION, PARA EMPEZAR EL DIA A DIA, DE ESTA SEMANA EN VS ES:
FIESTA DE RAFAELLA CARRÁ

San Otón



Queridos hermanos y hermanas:

Tras una larga pausa, quisiera retomar la presentación de los grandes escritores de la Iglesia de Oriente y Occidente de la época medieval, porque, como en un espejo, en sus vidas y sus escritos, vemos qué significa ser cristianos. Hoy os propongo la figura luminosa de san Otón, abad de Cluny: ésta se coloca en ese medioevo monástico que vio la sorprendente difusión en Europa de la vida y de la espiritualidad inspiradas en la Regla de san Benito. Se dio durante aquellos siglos un prodigioso surgimiento y multiplicación de claustros que, ramificándose en el continente, difundieron en él el espíritu y la sensibilidad cristianas. San Otón nos lleva, en particular, a un monasterio, Cluny, que durante la edad media fue uno de los más ilustres y celebrados, y aún hoy revela a través de sus ruinas majestuosas las huellas de un pasado glorioso por su intensa dedicadión la ascesis, al estudio y, de modo especial, al culto divino, envuelto en decoro y belleza.

Otón fue el segundo abad de Cluny. Nació hacia el 880, en los confines entre Maine y Turena, en Francia. Fue consagrado por su padre al santo obispo Martín de Tours, a cuya sombra benéfica y en cuya memoria pasó Otón toda su vida, concluyéndola al final cerca de su tumba. La elección de la consagración religiosa estuvo en él precedida por la experiencia de un especial momento de gracia, del que él mismo habló a otro monje, Juan el Italiano, que después fue su biógrafo. Otón era aún adolescente, sobre los dieciséis años, cuando en una vigilia de Navidad, sintió cómo le salía espontáneamente de los labios esta oración a la Virgen: "Señora mía, Madre de misericordia, que en esta noche diste a luz al Salvador, reza por mí. Que tu parto glorioso y singular sea, oh la más pía, mi refugio" (Vita sancti Odonis, I,9: PL 133,747). El apelativo "Madre de misericordia", con el que el joven Otón invocó entonces a la Virgen, será con el que él quiso siempre dirigirse a María, llamándola también "única esperanza del mundo... gracias a la cual se nos han abierto las puertas del paraíso" (In veneratione S. Mariae Magdalenae: PL 133,721). En aquel tiempo empezó a profundizar en la Regla de san Benito y a observar algunos de sus mandatos, "llevando, aún sin ser monje, el yugo ligero de los monjes" (ibídem, I,14: PL 133,50). En uno de sus sermones Otón se refirió a Benito como "faro que brilla en la tenebrosa etapa de esta vida" (De sancto Benedicto abbate: PL 133,725), y lo calificó como "maestro de disciplina espiritual" (ibídem: PL 133,727). Con afecto reveló que la piedad cristiana "con más viva dulzura hace memoria" de él, consciente de que Dios lo ha elevado "entre los sumos y elegidos Padres de la santa Iglesia" (ibídem: PL 133,722).

Fascinado por el ideal benedictino. Otón dejó Tours y entró como monje en la abadía benedictina de Baume, para pasar después a la de Cluny, de la que se convirtió en abad en el año 927. Desde ese centro de vida espiritual pudo ejercer una amplia influencia en los monasterios del continente. De su guía y de su reforma se beneficiaron también en Italia diversos cenobios, entre ellos el de San Pablo Extramuros. Otón visitó Roma más de una vez, llegando también a Subiaco, Montecassino y Salerno. Fue precisamente en Roma donde, en el verano del año 942, cayó enfermo. Sintiéndose cercano a la muerte, con todos los esfuerzos quiso volver junto a su san Martín, en Tours, donde murió durante el octavario del santo, el 18 de noviembre del 942. Su biógrafo, al subrayar en Otón la "virtud de la paciencia", ofrece un largo elenco de sus demás virtudes, como el desprecio del mundo, el celo por las almas, el compromiso por la paz de las Iglesias. Grandes aspiraciones del abad Otón eran la concordia entre el rey y los príncipes, la observancia de los mandamientos, la atención a los pobres, la corrección a los jóvenes, el respeto a los viejos (cf. Vita sancti Odonis, I,17: PL 133,49). Amaba la celdita donde residía, "alejado de los ojos de todos, preocupado por agradar sólo a Dios" (ibídem, I,14: PL 133,49). No dejaba, sin embargo, de ejercitar también, como "fuente sobreabundante", el ministerio de la palabra y del ejemplo, "llorando este mundo como inmensamente mísero" (ibídem, I,17: PL 133,51). En un sólo monje, comenta su biógrafo, se encontraban unidas las distintas virtudes existentes de forma desperdigada en los demás monasterios: "Jesús, en su bondad, basándose en los diversos jardines de los monjes, formaba en un pequeño lugar un paraíso, para regar desde su fuente los corazones de los fieles" (ibídem, I,14: PL 133,49).

En un pasaje de un sermón en honor de María Magdalena, el abad de Cluny nos revela cómo concebía la vida monástica: "María que, sentada a los pies del Señor, con espíritu atento escuchaba su palabra, es el símbolo de la dulzura de la vida contemplativa, cuyo sabor, cuanto más es gustado, tanto más induce al alma a desapegarse de las cosas visibles y de los tumultos de las preocupaciones del mundo" (In ven. S. Mariae Magd., PL 133,717). Es una concepción que Otón confirma en otros escritos suyos, de los que se trasluce su amor por la interioridad, una visión del mundo como realidad frágil y precaria de la que hay que desarraigarse, una constante inclinación al desapego de las cosas consideradas como fuente de inquietud, una aguda sensibilidad por la presencia del mal en las diversas categorías de hombres, una íntima aspiración escatológica. Esta visión del mundo puede parecer bastante alejada de la nuestra, y sin embargo la de Otón es una concepción que, viendo la fragilidad del mundo, valora la vida interior abierta al otro, al amor por el prójimo, y precisamente así transforma la existencia y abre el mundo a la luz de Dios.

Merece particular mención la "devoción" al Cuerpo y a la Sangre de Cristo que Otón, frente a un extendido abandono, vivamente deplorado por él, cultivó siempre con convicción. Estaba firmemente convencido de la presencia real, bajo las especies eucarísticas, del Cuerpo y la Sangre del Señor, en virtud de la conversión "sustancial" del pan y del vino. Escribía: "Dios, el Creador de todo, tomó el pan, diciendo que era su Cuerpo y que lo habría ofrecido para el mundo, y distribuyó el vino, llamándolo su Sangre"; por tanto, "es ley de naturaleza el que se dé la mutación según el mandato del Creador", y por tanto, "inmediatamente la naturaleza cambia su condición habitual: sin duda el pan se convierte en carne, y el vino se convierte en sangre"; a la orden del Señor "la sustancia cambia" (Odonis Abb. Cluniac. occupatio, ed. A. Swoboda, Lipsia 1900, p.121). Por desgracia, anota nuestro abad, este "sacrosanto misterio del Cuerpo del Señor, en el que consiste toda la salvación del mundo" (Collationes, XXVIII: PL 133,572), es celebrado con negligencia. "Los sacerdotes --advierte-- que acceden al altar indignamente, manchan el pan, es decir, el Cuerpo de Cristo" (ibídem, PL 133,572-573). Solo el que está unido espiritualmente a Cristo puede participar dignamente en su Cuerpo eucarístico: en caso contrario, comer su carne y beber su sangre no sería su beneficio, sino su condena" (cf. ibídem, XXX, PL 133,575). Todo esto nos invita a creer con nueva fuerza y profundidad en la verdad de la presencia del Señor. La presencia del Creador entre nosotros, que se entrega en nuestras manos y nos transforma como transforma el pan y el vino, transforma así el mundo.

San Otón ha sido un verdadero guía espiritual tanto para los monjes como para los fieles de su tiempo. Frente a la "vastedad de los vicios" difundidos en la sociedad, el remedio que él proponía con decisión era el de un cambio radical de vida, fundado sobre la humildad, la austeridad, el desapego de las cosas efímeras y la adhesión a las eternas (cf. Collationes, XXX, PL 133, 613). A pesar del realismo de su tiempo, Otón no se rinde al pesimismo: "No decimos esto --precisa-- para precipitar en la desesperación de aquellos que quisieran convertirse. La misericordia divina está siempre disponible; ella espera la hora de nuestra conversión" (ibídem: PL 133, 563). Y exclama: "¡Oh inefables entrañas de la piedad divina! Dios persigue las culpas y sin embargo protege a los pecadores" (ibídem: PL 133,592). Apoyado en esta convicción, el abad de Cluny amaba detenerse en la contemplación de la misericordia de Cristo, el Salvador que él calificaba sugestivamente como "amante del hombre": "amator hominum Christus" (ibídem, LIII: PL 133,637). Jesús ha tomado sobre sí los flagelos que nos correspondían a nosotros --observa-- para salvar así a la criatura que es obra suya y a la que ama (cf. ibídem: PL 133, 638).

Aparece aquí una característica del santo abad a primera vista casi escondida bajo el rigor de su austeridad de reformador: la profunda bondad de su alma. Era austero, pero sobre todo era bueno, un hombre de gran bondad, una bondad que proviene del contacto con la bondad divina. Otón, así dicen sus coetáneos, difundía alrededor suyo la alegría de la que estaba colmado. Su biógrafo atestigua no haber oído nunca salir de boca de hombre "tanta dulzura de palabra" (ibídem, I,17: PL 133,31). Acostumbraba, recuerda su biógrafo, invitar a cantar a los chiquillos que encontraba por el camino y después hacerles algún pequeño regalo, y añade: "Sus palabras estaban llenas de exultación..., su hilaridad infundía en nuestros corazón una íntima alegría" (ibídem, II, 5: PL 133,63). De esta forma el vigoroso y al mismo tiempo amable abad medieval, apasionado de la reforma, con acción incisiva alimentaba en los monjes, como también en los fieles de su tiempo, el propósito de progresar con paso diligente en la vía de la perfección cristiana.

Que su bondad, la alegría que proviene de la fe, unidas a la austeridad y a la oposición a los vicios del mundo, toquen también nuestro corazón, para que también nosotros podamos encontrar la fuente de la alegría que brota de la bondad de Dios.

Poesía



¿Qué Es Poesía?


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul.

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía eres tú.
(G. A. Bécquer, 1836/1870)

La oración del ateo


Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras

(Miguel de Unamuno, 1864/1936)

¡ZP DIMISIÓN!

El próximo 17 de octubre todos a Madrid, para obligar a dimitir a esos zopencos que se han instalado, desde hace 5 años, en nuestro país queriendo manipularnos, ¡ fuera de la Moncloa, ya! ¡rendiros, porque os tenemos rodeados!

Dinamismos


Dinamismos sociales y poder político

¿Qué confiere dignidad y libertad, confianza y riqueza a una sociedad? La conciencia y la participación, el protagonismo y la decisión de todos y cada uno de los grupos, asociaciones y personas, en su lugar y tiempo debidos. ¿Cuáles son aquellas potencias realmente creadoras y dignificadoras de una sociedad, que la mantienen limpia y libre? ¿Cuáles son sus dinamismos primigenios, no derivables ni subyugables por otros? Los cuatro siguientes: la ciencia, la cultura, la moral y la religión. ¿Qué abarca y significa cada una de ellas para el proceso social y la vida de los ciudadanos?

La primera es la ciencia. Ella es la gran revolución de la era moderna. El hombre ha logrado penetrar en la estructura constituyente de la realidad y desde ahí la ha alterado o recreado, poniéndola al servicio de las necesidades e ilusiones de la vida. El hombre ya no puede ser esclavo de las tormentas ni de los tiranos. En la escuela repetíamos el elogio de Franklin: «Robó a los cielos el rayo y a los tiranos el cetro». De la ciencia proceden los medios y formas de comunicación desde las viejas a las modernísimas, la sanidad, la ordenación económica, el bien estar, el reparto de la riqueza, la esperanza de vida. La ciencia no es la conciencia, pero la una ya no es posible sin la otra.

La segunda es la cultura o la forma en que el hombre se da a sí mismo razón de su lugar en el cosmos, de su tarea en el mundo, de su responsabilidad con el prójimo y de su último destino. Él es voluntad de sentido y a la vez creación de nueva realidad por la literatura, el arte, la música, el teatro, el cine, la obra figurativa popular. La cultura es un elemento constituyente de la vida humana, cuando quiere vivir más allá del instinto zoológico o de la ley de la selva. En la cultura prevalece lo gratuito, la belleza, la esperanza, lo sublime o la ironía para sobreponernos al absurdo o a lo imposible, saltando sobre sus alambradas. Esas creaciones ensanchan y redoblan la vida humana, permitiendo a cada a uno de nosotros vivir las múltiples trayectorias posibles que laten en nuestros entresijos; esos «yos complementarios» de los que hablaba Unamuno. Un país sin esa libertad y creatividad cultural no es una verdadera comunidad de seres espirituales sino un rebaño de los que Rabelais llamaba «moutons de Panurgue».

¿Es también la moral una potencia decisiva? Como conciencia ella es quizá la potencia primordial. La inteligencia y la razón son armas que pueden servir al bien o al mal, orientar hacia la vida o hacia la muerte. La moral es la voluntad de fin, la respuesta al deber, la ordenación al bien, a la verdad y a la perfección, el reconocimiento de la dignidad del prójimo. La moral abre el horizonte más allá de las fronteras que los poderes o carencias de la vida humana nos imponen, rompen las mentiras que se nos introyectan desde fuera, desenmascaran a los violentos, invocando la justicia y las leyes eternas. La debilidad de Antígona es capaz de desafiar a Creonte en nombre de esas normas no escritas que ningún poder político de este mundo puede desconocer ni violar. La moral abre el hombre a la gloria de lo sublime y al sueño de esa utopía que nos engrandece. Plutarco nos trasmite la frase clásica que tantas instituciones educativas de Europa han recogido como divisa: «Navegar es necesario, vivir no es necesario».

En este panorama, ¿dónde situar la religión? Es lo más natural y a la vez lo menos evidente. El hombre, proveniente de la tierra y atenido a la naturaleza, es respiro hacia el Eterno, secreta suplica a un Tú sagrado, adoración y rendida confianza en Dios. Frente al terror del tiempo cíclico ante el eterno retorno que lo condena a la nada o al tedio insoportable de lo mismo, la religión le abre a un rostro personal, que invoca como Dios, su horizonte de eternidad como la plenitud de una vida divina, que ya alumbra la presente y la dignifica. La religión ha determinado la vida humana a lo largo de todos los tiempos porque no es una fase de la historia sino una estructura de la conciencia. Mientras ésta siga alumbrando y no sea apagada por falta de alimento o sofocada por poderes exteriores, la religión será un factor de paz y de esperanza. Ahora bien, si es degradada o corrompida puede ser también un factor de violencia y opresión.

¿Y dónde queda la política? Ella no es una potencia primaria sino secundaria, legítima y sagrada pero relativa a las anteriores, que son las verdaderamente creadoras y liberadoras, sin las cuales aquélla sería duro ejercicio de poder inmisericorde. La tentación de la política es que, en su misión de conjugación o correctivo de esos otros dinamismos, intente anularlos o subyugarlos a lo que son los programas del partido en el poder. Lo mismo que los poderes judicial, legislativo y ejecutivo son diferentes y soberanos, sin poder ser dominados unos por otros en situaciones normales, tampoco aquí un gobierno puede subyugar la ciencia, la cultura, la moral y la religión a su programa elevado a norma suprema.

Tal tensión entre las potencias humanas creadoras por un lado y el poder político por otro es permanente. Deber de la política es acoger, discernir, integrar, apoyar, establecer primacías a la luz de las necesidades y sobre todo ayudar a aquellos que, por la pobreza del origen, carencia de medios o peculiares dificultades históricas, no puedan ayudarse por sí mismos. Pero lo que la política nunca puede hacer es decretar la existencia o no existencia de esos campos desde sus propios presupuestos, reducirlos a silencio, ponerlos a su exclusivo servicio, cercenar posibilidades personales o beneficiar sólo con ayudas económicas a quienes les apoyan o adulan.

Ante esa tentación queda el imperativo de las personas, como individuos y como grupos: tomar la palabra, emprender la acción, mostrar el rechazo ante lo injusto, provocar al diálogo, desenmascarar la ideologización. Sobre todo queda la obligación de no plegarse, no sucumbir al chantaje, rechazar el ascenso, envenenado y ofrecido a cambio de la traición a las convicciones de la propia conciencia, rechazar el dinero, preferir, como Sócrates, la pobreza con dignidad a la riqueza con vilipendio.

Una sociedad que no participa, no es libre. Y es libre cuando es culta, es decir piensa, lee, reflexiona por sí misma, no está a merced de chismes o rumores, propone públicamente razones universalizables, no meras opiniones personales. Hoy casi todos los partidos tienden a suplir a la sociedad y al Estado, poniéndolos a su servicio. Pero ni una ni otro son apropiables por ningún gobierno. La Constitución no puede ser obviada ni por un golpe de Estado ni por una maniobra de rodeo sinuoso, encubridor de una negación real de los contenidos constitucionales.

La actual hora de España reclama remejer las conciencias, despertar las responsabilidades para que esas cuatro potencias sean las columnas que sostienen la casa de la patria. La política no es su soberana sino la sierva que debe velar por ellas. El poder político intenta apropiarse de todo y decidir todo a través de sus inmensas redes, especialmente a través de los jueces y del dinero que corre por arroyos subterráneos. En Alemania queda el recuerdo de aquel emperador que quiso desposeer a un campesino de sus tierras. Este apeló a la justicia. Ante la sentencia favorable al campesino, el pueblo gritó alborozado: «Somos libres porque aún quedan jueces en Berlín». Esta es la encrucijada de España, la hora de su dignidad o de su hundimiento en la miseria. Ahora, sabremos todos quiénes somos todos, cuando aparecen los grandes retos. ¿Seremos como grano que por su peso cae a tierra o como paja que lleva el viento en todas las direcciones? El libro santo ya lo formuló: «Zarandeando la criba, cae el grano y aparecen las granzas» (Ecli 27,5).

Olegario González De Cardedal, Sacerdote.