Hace 20 años... el 17 de mayo de 1992 se celebró la solemne Beatificación de D. Josemaría Escrivá de Balaguer en Roma con el Beato Juan Pablo II y el Siervo de Dios D. Alvaro del Portillo.Diez años después, el 6/10/2002, fue su Canonización.
Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá
Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San
Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus
Dei.
1. "Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hech 14, 22).
A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice:
«¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?»
(Lc 24, 26).
En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé
«confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en
la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había
hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte
habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar
en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos,
los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo
camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13,
15).
2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en
esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre
las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos
Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer,
sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.
La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella
quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía
hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al
final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la
gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.
La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén,
anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta
es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán
su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).
«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El
camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa
obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os
améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).
Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos
ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son
proclamados Beatos.
3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia
profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de
Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado
sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los
sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.
La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en
saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su
amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en
las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz
es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus
Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y,
por eso, ser hijo de Dios.»
Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente
la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a
todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el
trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado
cuando se vive en unión con
Jesucristo,
pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda
la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et
vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de
poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de
alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas
realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan
rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden
ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las
cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y
temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de
marzo de 1954).
«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta
aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio
de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por
quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a
participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo,
su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes.
«Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba
espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo
suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo
cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de
corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a
sus elegidos.
4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual,
profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra
también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de
Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo,
sacerdote ejemplar, que
supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y
evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que
aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor
entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más
generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de
los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado
dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y
necesitados.
5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un
testimonio
eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la
perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869,
raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los
mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó
en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas
experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de
esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi
interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre
Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y
así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba
siempre como de la mano y caminaba junto a ella.
Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia,
Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de
algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que
la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del
descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo,
incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de
Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia
heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al
amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué
gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.
6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana
dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y
escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de
Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su
«madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una
fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una
incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y
heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos
de Dios y promoverla a su alrededor.
En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y
al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos
presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el
secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.
El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un
testimonio
de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente
consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados
por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado
tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de
acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes
tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de
Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión
inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir
una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a
fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a
fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en
primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para
todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.
Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las
regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y
trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos,
donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido
deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a
los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación
es trágica y no puede dejarnos insensibles.
Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.
Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta
celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda
la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y
misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los
catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de
la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán
siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo
a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.
7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he
amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que
os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús
concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica
encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado,
por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta,
Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios
con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que
ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los
hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los
altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos
ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2,
20).
8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.
Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y
lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te
bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144,
10-11).
Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que... soportase estos
sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación
en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones,
ellos han entrado en el reino de Dios.»
«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.