EL MARIQUELO




EL MARIQUELO ES ANGEL RUFINO ,UN SALMANTINO QUE DESDE HACE 20 AÑOS HA RECUPERADO LA TRADICION DEL S. XVIII DE SUBIR A LA TORRE DE LA CATEDRAL PARA DAR GRACIAS A DIOS , POR HABER PROTEGIDO A SALAMANCA DEL TERREMOTO DE LISBOA DE 1754 POR EL CUAL SE DERRUMBO LA TORRE DE LA CATEDRAL DE VALLADOLID.

WEB-HOMENAJE A D. MARCELO


¿CUÁL SERÍA SU SECRETO?
CARDENAL MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN
Varias veces hablé con el fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. En Roma, donde vivía, y en Madrid, por don­de pasaba con destino a sus viajes apostólicos o al volver de los mismos, después de haber sembrado la semilla de la palabra y la gracia de Dios. Porque eso fue toda su vida: un sembrador incan­sable. Las cosechas no las retenía en su mano; las volvía a sembrar inmediatamente en beneficio de todos.Me ha preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad!Capacidad para el entusiasmo por las causas grandes, tesón invencible, optimismo reflexivo, minuciosidad en la ejecución, deli­cadeza suma para los detalles...; he aquí algunos rasgos de su con­dición humana. Cuando coinciden en una persona, la hacen capaz de grandes resoluciones y la disponen para el triunfo, empleando esta palabra en su valor puramente objetivo, como sinónimo de logro de lo que uno se propone. El fundador del Opus Dei consiguió muchos de sus propósitos; el primero de todos, dar vida, sólido arraigo a una obra a la que se entregó totalmente, la asociación que predica y promueve la santificación del hombre en medio del trabajo ordinario de la vida. Esto, que era tan sencillo y tan evan­gélico, estaba prácticamente olvidado.Pero para poder explicar el éxito en esta empresa no basta acudir al carácter de quien la acometió; no está ahí el secreto. Porque la empresa es de índole sobrenatural y, por mucho que ayuden las condiciones personales del que la promueve, como instrumento efi­caz, se necesita otra clave mucho más íntima y radical. Un carácter humano, por muy dotado que esté para la perseverancia y el entu­siasmo en el servicio a una causa, si sólo cuenta con sus propios recursos instrumentales, se dispersa en la inoperancia real, cuando la causa es precisamente vivir enamorado de la santidad y comu­nicar a los demás el mismo amor. Su actividad se convierte entonces en activismo; su palabra, en grito o en susurro; pero nada más, y la energía de su voluntad se transforma en puro afán de mando. Nada de esto sirve para llevar por los caminos de la perfección cris­tiana. El que lo intente fracasará a las primeras de cambio.Monseñor Escrivá tuvo tiempo para «fracasar». Los casi cin­cuenta años transcurridos desde que fundó la asociación hasta el momento actual dan de si lo suficiente para sentirnos obligados a contemplar con inmenso respeto el proceso de una obra que, como es frecuente en la historia de la Iglesia, ha encontrado enormes difi­cultades para su desarrollo. Pero él, Escrivá, no las rehuía. Sabía que las dificultades forman parte del plan de Dios y las aceptaba con la humildad característica del que tiene fe.
Sumergido para siempre en la vivencia cálida del misterio de la Iglesia, más que enfrentarse con las dificultades, lo que hacía era incorporarlas y asimilarías hasta hacerlas correr dentro de su sangre como un alimento más de su vida de fe. De ahí que lo que parecía optimismo temperamental era más bien realismo cristiano, que ni se arredra ni huye por muy oscuro que se presente el horizonte. Era la Iglesia de Cristo la que invitaba a trabajar así, porque así tienen que ser siempre las cosas para los seguidores del que llevó la cruz.Su amor a la Iglesia era amor al Papa, a los obispos, a los sacer­dotes, al Magisterio eclesiástico, al culto litúrgico y a la devoción privada, y desde ahí a los hombres de toda condición porque para ellos era esa Iglesia tan amada, y mal podía ser querida ésta si no lo eran a la vez todos los que, dentro o fuera del redil, eran, en la intención del Salvador, beneficiarios de sus dones. Esto es amor a la Iglesia, quererla tal como es en sí, sin echar agua al vino, y quererla para todos.El universalismo del Opus Dei, en la extensión geográfica y en la diversidad de las personas llamadas, y las originalidades en la concepción de la obra y en sus métodos de apostolado obedecía a esta identificación tan cabal del fundador con el misterio de la Iglesia. No le demos vueltas. Sorprendente y a veces desconcertante en sus expresiones y en sus anhelos apostólicos, Monseñor Escrivá no guardaba otras sorpresas ni producía otros desconciertos que los de la misma Iglesia, a la que servía como un enamorado lleno de confianza y persuadido de que la Iglesia es siempre original. Él no fracasó nunca y lo que hubo de «no logro» de determinados propósitos parciales en su vida formaba parte del plan, no en virtud de un juego de consolaciones artificiales y forzadas, sino como obla­ción que había que ofrecer porque así es la Iglesia.Tres grandes fuerzas animaban su vida interior, presentes cada día y cada hora en su espíritu, de valor supremo e insustituible para vivir como hijo de la Iglesia en su doble dimensión mística (amor al misterio de la esposa de Cristo) y apostólica (dinamismo de una fe que aspira a renovar el mundo). Eran la Eucaristía, particular­mente el santo sacrificio de la Misa (sentido de redención); amor a la humanidad de Cristo niño, hombre, muerto y resucitado (sen­tido de encarnación de la fe en el mundo), y amor vivísimo a la Santísima Virgen Maria, de la cual no quería ver separado a San José (sentido de familia de los hijos de Dios que tienen junto a si motivos de gozo, al encontrarse con la belleza espiritual y la ayuda materna de María).Esta triple fuerza que caldeó su vida le movió a lanzarse a la gran tarea, santificar a los hombres tal como son, tal como viven, tal como trabajan. Su sacerdocio lo entendió así, y toda su vida fue como la prolongación de una Misa ininterrumpida que glorificaba al Padre, trataba de obtener el perdón para el pecado mediante la gracia sacramental, y ponía el trabajo profesional y las preocupa­ciones familiares como una hostia purificada junto al altar. Todo esto es lo que percibí en las conversaciones que tuve con él, y también lo he captado en sus escritos, y lo vengo comprobando en los sacer­dotes del Opus Dei que he conocido. ¿Era este su secreto?
Por supuesto que esas fuerzas a que he hecho alusión, cuando se convierten en motor de una existencia humana iluminada por la fe, hacen del hombre un servidor de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia hasta el heroísmo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en unos la respuesta es tan plena y en otros tan escasa? Hace falta encontrar otra clave, que es también fruto de la gracia, desde luego, pero que comporta igualmente una actitud o disposición inicial capaz de explicar el secreto de la perseverancia y la generosidad en el amor. Es ese pequeño toque, matiz delicadísimo en la relación de un alma con Dios, del que en un momento dado dependen, con frecuencia, todas las generosidades para la acogida de lo que Dios ofrece y para la respuesta a lo que pide. Yo lo llamo pobreza, en el sentido evangélico de la palabra. Algo así como en Maria, la Santísima Vir­gen, Madre de Dios. ¡Qué corazón tan pobre, es decir, tan limpio, en la doncella de Nazaret cuando recibió el mensaje del cielo! ¡Y qué riqueza había, sin embargo, en su entrega a la voluntad de Dios! Sólo estos pobres son los que se dejan llevar y, por tener el alma limpia, los motores funcionan. Después, por el camino más ines­perado viene lo que viene siempre, el triunfo de Dios en ellos.De Monseñor Escrivá se ha dicho que, a veces, parecía un niño, que arreglaba un problema grave con una broma, que huía de la tristeza como de la peste, que concebía o impulsaba la fundación de una Universidad o de una editorial con el más vivo entusiasmo, pero no con mayor empeño que el que ponía para rezar el Rosario, por ejemplo, o para ayudar privadamente a quien se lo pedía, que contagiaba a los demás el deseo y la dicha de la gracia y la verdad de Dios, que no se reservaba nada teniéndolo todo, que lanzaba a sus hijos hacia el mundo al que amaba, y vivía totalmente apartado del mundo, que no temía a personas ni acontecimientos porque no tenía nada que perder... ¿Qué significa todo esto más que el limpio resplandor de un corazón pobre, no instalado, desprendido, abierto a todos, saturado de confianza en Dios en medio de las mayores pruebas? Esta es la pobreza evangélica auténtica, aunque el que así la vive se dedique a movilizar todos los recursos imaginables para servir a Dios y a los hombres. Acaso esté aquí el secreto que explica algo de su vida.Por haber sido así desde los años primeros de su sacerdocio, tan disponiblemente abierto a la acción de Dios, fue encontrado apto, en su pequeñez de esclavo, para las más grandes tareas apos­tólicas. Hay miles de detalles en su vida que lo confirman así. Y no es necesario pertenecer al Opus Dei para conocerlos, ni para comprender que donde existe esa pobreza se ama apasionadamente la verdad y se alcanzan resultados inimaginables. Basta tener un poco de sensibilidad sacerdotal, recta y justa, para sentir la noble curiosidad de saber a qué puede deberse el formidable despliegue de tantas energías al servicio del Evangelio, como es el que encon­tramos en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer.Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó él, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio, y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moder­no, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven aloca­damente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin con­vertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también –co­mo no puede ser menos– un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de Maria, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siem­pre para ser fieles.Yo espero y deseo que sus hijos, los sacerdotes y los laicos, sepan seguir este camino. La Iglesia española y la Iglesia universal nece­sitan de su testimonio en este sentido.Publicado en ABC2-8-1975

COMENTAMOS EL EVANGELIO



COMENTARIO DEL EVANGELIO 11/6/2008, POR EL P. JESUS HIGUERAS, PÁRROCO "DE LA CATEDRAL DE POZUELO" DE STA. Mª. DE CANÁ EN POZUELO DE ALARCON (MADRID).

HABLANDO CON ...




ENTREVISTA A MONS. CERRO :"SÓLO LOS JOVENES CRISTIANOS SON VERDADERAMENTE MODERNOS"


D. Francisco Cerro Chaves nació en la localidad extremeña de Malpartida de Cáceres en 1957. Tras realizar sus estudios de filosofía y bachillerato en el Seminario de Cáceres y los eclesiásticos en el Seminario Mayor de San Ildefonso de Toledo, recibió la ordenación sacerdotal el 12 de julio de 1981 en la Catedral Primada de Toledo, de manos del cardenal González Martín. Posteriormente estudió Teología Espiritual en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1987-1989), donde obtuvo en 1997 el grado de doctor con una tesis sobre el Hermano Rafael, titulada “La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos”. Es doctorando en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca.
Comenzó su labor pastoral en la archidiócesis de Toledo como vicario parroquial de San Nicolás de Bari de Toledo (1981), consiliario de Juventud de la ciudad de Toledo (1982), encargado de Juventud de la archidiócesis para el año Internacional de la Juventud (1983), director de la Casa de ejercicios (1986) y adscrito a la parroquia de Santa Teresa de Jesús de Toledo (1986-1987).
En 1990 accede a la dirección del Centro Diocesano de Espiritualidad del Corazón de Jesús en Valladolid, cedido por la archidiócesis primada de Toledo; en 1992 pasa a formar parte del presbiterio de Valladolid; seis años después es nombrado Delegado de Pastoral Juvenil. Desde 2007 es Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres, y desde la última Asamblea Plenaria de la CEE es Obispo responsable del Departamento de Pastoral de Juventud junto con Mons. Munilla, Obispo de Palencia.
Monseñor Cerro es conocido, especialmente, por sus numerosos libros de oración y espiritualidad, traducidos muchos de ellos a distintas lenguas, y por su capacidad para dirigir ejercicios espirituales y cursos de espiritualidad de Teología en muchas diócesis de España y América Latina, impartidos a sacerdotes, seminaristas, religiosos, adultos, jóvenes, etc.


Recientemente ha sido encargado junto a Monseñor Munilla del Departamento de Juventud de la CEE, ¿cómo afronta este nuevo reto y qué prioridades veremos en el trabajo día a día?Me siento muy feliz, como Obispo, de seguir trabajando en este cargo tan urgente y primordial de los jóvenes. Considero que lo más importante es propiciar, a los jóvenes, un encuentro personal con Cristo. La prioridad es siempre el saber que el reto de la evangelización de los jóvenes nos exige, por una parte, presentar el tesoro que es Cristo y, por otra parte, ser muy creativos para llevarles a vivir en el gozo de ser cristianos, de ser Iglesia Joven.
Ha sido durante muchos años delegado de Juventud en la diócesis de Valladolid, y además ha dirigido multitud de tandas de Ejercicios Espirituales con jóvenes que le han permitido conocer más al joven y a su corazón. ¿Cómo puede el corazón del joven sintonizar con el corazón de Cristo?Siempre recuerdo lo que respondía San Juan Bosco cuando le preguntaban cómo enseñaba a los jóvenes a nadar. Él decía, sencillamente les tiro al agua. Mi experiencia con jóvenes es siempre creer que es posible un encuentro personal con quien tiene abierto el Corazón. Si no ayudamos a esta experiencia, nuestra Pastoral Juvenil será sólo teoría y se cansarán pronto. El encuentro con Cristo en la oración y en los que sufren, es siempre fecunda.
Sin la oración no hay un conocimiento real de Cristo, pero puede que sea uno de los puntos débiles del joven cristiano. Todo es comenzar, pero ¿cómo empezar?Verdaderamente, es necesario que nos creamos que a orar se aprende orando. Podremos hacer muchos cursillos para aprender a orar, pero es como el que quiera nadar y nunca se tira al agua. Mi experiencia de oración me dice que la oración es el inicio de todo y que se puede comenzar con lo más sencillo, dedicando unos minutos al día a leer el Evangelio, a rezar delante del sagrario, a tener unos minutos de silencio.
Si me permite preguntarle, ¿cómo fue su encuentro con Cristo? ¿Por qué ha decidido ser cristiano? ¿Se puede pensar que antes estaba más “de moda” que ahora? El encuentro con Cristo que cambió mi vida a los 14 años, fue una experiencia de Dios en unos Ejercicios Espirituales. Descubrí que Cristo vive y, desde entonces, hasta ahora como Obispo, no dejo ni un día sin dedicar un tiempo largo a la oración. La oración me descubre continuamente la esperanza, ser cristiano es siempre el atractivo más grande, esté o no esté de moda. En estos momentos, es más atractiva la luz cuando abunda más la oscuridad.
¿Qué desafíos se deberían afrontar en la Pastoral Juvenil en España?Debemos de “creernos” que el joven de hoy es capaz de encontrarse con Cristo Vivo. Llevarle al rostro de Jesús en la Eucaristía y en los que sufren. Sustentar su vida cristiana con una comunidad acogedora y profundamente comprometida. Ayudarle a descubrir que el camino de la verdadera felicidad se llama “ser cristiano”. Sobre todo, acompañar mucho a los jóvenes en su vida, a veces, complicada.
Y por último, nos encontramos con muchos jóvenes que quieren ser fieles a Cristo y a la Iglesia pero el ambiente es más que contrario, incluso dentro de la propia comunidad. La imagen de la Iglesia cae y parece que encontrar a cristianos fieles a Cristo y a la Iglesia se puede hacer más complicada. ¿Qué podría decirle a los jóvenes y lectores de este blog? No se puede separar a Cristo de la Iglesia. Como no se puede separar la cabeza del cuerpo porque ello daría lugar a un cadáver. El mal de nuestro mundo es que pensamos que ser cristiano está anticuado y, que no se puede ser moderno y, a la vez, cristiano. Sin embargo, yo estoy convencido, que sólo los jóvenes cristianos son verdaderamente modernos. La Iglesia me da a Cristo, aunque pueda envolver esta joya en su pobreza, como se puede envolver una joya en una caja de zapatos, pero es la Iglesia la que me da a Cristo en plenitud. Amo profundamente a esta Iglesia. Nunca he tenido problemas con ella. Creo que está profundamente superado, el tema de Cristo sí, Iglesia no. Pienso, que más bien habría que preguntarse: ¿Se puede ser fiel a Cristo sin la Iglesia?. Estoy convencido que no. Se necesitan. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.


EL ACEITE DE LA VIDA (2)

AHI VAN 10´DE "EL ACEITE DE LA VIDA" LA PELICULA.

EL ACEITE DE LA VIDA

Fotograma de la película 'El aceite de la vida'


EL PASADO 30 DE MAYO MURIO EN WASHINGTON EL CHICO DEL ACEITE A LOS 30 AÑOS (29-5-1978/2008), +D.E.P. ¡QUE EN EL CIELO LE VEAMOS! NO OS PERDAIS ESTA GRAN PELICULA DEL AÑO 1992.
¿Recuerda 'El aceite de la vida'? Este filme contaba la historia real de un matrimonio (Susan Sarandon y Nick Nolte, en la pantalla) que —desesperado por la extraña patología que sufría su hijo Lorenzo y que carecía de tratamiento— ideaba una posible terapia, un aceite, enfrentándose a las críticas de los expertos. Ahora, casi una década después del estreno de la película, un equipo internacional de investigadores ha avalado la lucha del matrimonio: el aceite de Lorenzo sí retrasa el desarrollo de la enfermedad.Aunque el trabajo ha despertado el recelo de muchos expertos, Augusto Odone, padre de Lorenzo, señala que tanto esta nueva investigación como la supervivencia de su hijo —incluso a pesar de que éste es incapaz de ver, hablar o moverse— prueban la eficacia del tratamiento, según ha declarado a 'The Washington Post' . Y es que ya han pasado casi dos décadas desde que a Lorenzo se le diagnosticara adrenoleucodistrofia (ALD, sus siglas en inglés), una patología hereditaria que, en la modalidad más severa —la que se detecta durante la infancia, como el caso de Lorenzo— provoca una degeneración neurológica lleva a un estado vegetativo y, en menos de 10 años, ocasiona la muerte. El aceite de Lorenzo El trastorno se produce por la acumulación de ácidos grasos de cadena larga en el sistema nervioso, que desencadenan un ataque a la mielina —la 'vaina' que protege a las neuronas— y, de este modo, se van ocasionando una serie de daños neurológicos (parálisis, pérdida de la visión, ceguera…). Actualmente, el único tratamiento aceptado es el trasplante de médula ósea, pero implica un elevado riesgo y, además, sólo se puede practicar en estadios muy iniciales de la patología. También se está investigando el tratamiento con terapia génica, mientras que otros expertos creen que controlar los niveles de los ácidos grasos de cadena larga puede detener el proceso neurodegenerativo. La hipótesis de los Odone iba en esta línea: introducir cierto tipo de ácidos grasos en la dieta podría reducir los niveles de ácidos grasos de cadena larga del organismo. Por eso, comenzaron a dar a su hijo una combinación de aceites —denominada aceite de Lorenzo—, que es lo que ahora ha evaluado la investigación, presentada el pasado mes de septiembre durante un simposio en la Universidad de Ghent (Bélgica). El estudio Entre 1989 y 1999, los autores siguieron a un centenar de niños europeos y estadounidenses de entre 18 meses y seis años que sufrían adrenoleucodistrofia en etapas muy iniciales —los exámenes neurológicos y las imágenes cerebrales obtenidas por resonancia magnética eran normales— y que fueron tratados con el aceite de Lorenzo. De este modo, se constató que aquellos participantes que seguían estrictamente el tratamiento y un régimen alimenticio determinado tenían un 73% menos posibilidades de desarrollar anormalidades neurológicas o cerebrales, comparados con los que no siguieron adecuadamente el tratamiento, por lo que los autores concluyen que el aceite retrasa la aparición del proceso neurodegenerativo. «No es un preventivo absoluto, sino que reduce las posibilidades de desarrollar los síntomas, pero no elimina el riesgo», precisa el director de la investigación, Hugo Moser, director de neurogenética en el Instituto Kennedy Krieger (EEUU) y en su día también escépcico acerca de la eficacia del tratamiento. Sin embargo, para muchos expertos en adrenoleucodistrofia estos resultados no despejan sus dudas acerca de la eficacia del aceite de Lorenzo. A su juicio, el diseño y duración del trabajo así como la ausencia de un grupo control —es decir, un colectivo de pacientes que recibiese un placebo o sustancia inactiva en lugar del aceite— hacen que los resultados sean poco fiables. Asimismo, la prestigiosa revista 'The New England Journal of Medicine' rechazó publicar este trabajo. El propio Morse reconoce que son precisos nuevos estudios. «La necesidad de llevar a cabo otros tratamientos sigue siendo crítica», aclara. Sin embargo, «mientras tanto es importante que dejemos que las familias y la comunidad científica sepan que hemos detectado esa respuesta positiva al aceite de Lorenzo».


COSAS QUE PASAN



Un joven universitario se sentó en el tren frente a un señor de edad, que devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice: “Parece mentira que todavía cree usted en esas antiguallas...”. “Así es. ¿Tú no?”, le respondió el anciano. “¡Yo! –dice el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada–. Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia”. “¿La ciencia? –pregunta el anciano con sorpresa–. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?”. “Déme su dirección –replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector–, que le puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar”. El anciano saca de su cartera una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: "Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París". El pobre estudiante se sonrojó y no sabía dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la humanidad. Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones religiosas.